Proyecto.Starman
Crítica (muy) personal sobre la escucha de Low de David Bowie en el Planetario de la UNLP, Abril 2026.
“Hay un hombre de las estrellas esperando en el cielo. Nos ha dicho que no lo arruinemos porque sabe que todo vale la pena” — David Bowie.
Cuando me di cuenta de que ya había sacado la entrada, ¡me quería matar! Lo primero que pensé fue que la había comprado fumado, a un evento del que tenía cero referencias, solo por un posteo en Instagram. Era miércoles a la noche y me dije: “Bueno, falta una semana, es el jueves que viene; quizás consigas a alguien que te acompañe”. Pero no... faltaban menos de 24 horas para el evento en cuestión.
Jueves: Estuve toda la mañana buscando un motivo para no ir. Quería escuchar Abbey Road, pero estaba agotado; terminé sacando para el de Bowie (Low, 1977) sabiendo, en el fondo, que iba a terminar yendo. Tenía gimnasio de 4 a 5; entre que me bañaba y salía, sabía que tenía media hora caminando hasta el Observatorio del bosque (le dije PLANETARIO dos días seguidos). Hasta acá todo venía en negativo, aunque con el correr de las horas pensé que, si para el de los Beatles se habían agotado las entradas, quizás tan malo no sería.
Caminé fumando tranquilo, aunque ansioso y con paso acelerado. Llegué temprano, como siempre. Había menos de diez personas, un puestito de discos de Tiendita Cultural y estaban armando una barrita de birra de Baigón 58. Sonaba una musiquita suave; yo, para ese momento, ya estaba en Narnia.
Se fue juntando gente de a poco. Pasaban los minutos; el público promediaba los 30/40 años, con pinta de haber pisado una facultad alguna vez en su vida. Traté de buscar algún rostro familiar pero nada, ni un conocido. Lo más cercano que vi fue el suéter de un muchacho: el mismo que estuve a punto de ponerme yo, pero terminé decidiendo por otro más aburrido.
Cerca de las 19 se empezó a encolumnar la gente en una especie de fila que no era tal, pero hacía las veces de. Estaba bastante adelante, pero los nervios eran proporcionales a las ganas de hacer pis. Salieron los "beatleros" contentos y vi que una chica hablaba con los que estaban delante mío; hacía gestos como graficando algo en el cielo. Me contuve de seguir mirando: quería sorprenderme, no me iba a dejar spoilear.
Entramos y traté de buscar un lugar cerca del medio. Sentarte y admirar el espacio, arquitectónicamente hablando, es algo fuera de lo común. Algo te sucede; más si estás "condimentado". Algo no cuadra con lo que estamos acostumbrados: no es un cine, no es un teatro, no es una sala de conciertos. Es otra cosa.
Miré cada rincón con un poco de vergüenza; me sentía intimidado al entrar, pero luego relajé, puse el teléfono en modo avión y dije: “Bueno, acá estamos”. Todo el domo estaba de un celeste turquesa que adoro. En algún momento comenzó a oscurecerse y se proyectó la imagen de un cielo nocturno que se posó sobre nosotros. Me recosté y miré hacia arriba: se veían estrellas, planetas y luces que iban y venían atravesando la cúpula de punta a punta. Empecé a sentir que aquello no había sido un error ni una casualidad.
La voz de Mora Sánchez Viamonte nos puso en contexto sobre el año en que fue lanzada la sonda Voyager 1 y dio datos sobre los discos que iban a sonar, profundizando en la actualidad de Bowie en ese año y la producción de Low. (No cuento más para no spoilear).
A los diez minutos de comenzado el disco, estaba llorando. Linkeé por un segundo aquellas imágenes surrealistas y lisérgicas con la película de Gaspar Noé, Enter the Void. Pensé en mi viejo, que partió hace poco, y sentí muy dentro mío que eso que estaba viendo era lo mismo que le pasa al protagonista (y a él) al comienzo del film. Me emocioné muchísimo, pero sabía que recién arrancaba y tenía que componerme. Comencé a pensar en la data técnica de la grabación, en especial sobre la batería. Debo reconocer que, si bien estaba impactado ante la proyección, al principio me parecía un poco monótona... pero lo mejor estaba por venir.
A medida que pasan las canciones uno va viajando por el espacio, literal. Empiezan a aparecer planetas que se acercan tanto que da miedo; uno incluso parece rozar la cúpula. Una verdadera locura. Si bien intentaba no alejarme de lo musical, en un momento el audio pasó a ser secundario dado el volumen de lo que teníamos ante los ojos. Fue un momento especial cuando toda la sala miró a la parte superior para ver cómo caían objetos que parecían fractales de la naturaleza; se desprendían cual hojas o estalactitas, lo que si sé es que se nos venían encima.
En ese preciso instante, la casualidad se transformó en causalidad. Un montón de decisiones llegaron para poder vivir ese momento en esas condiciones. Agradezco al Universo por haber conspirado de esa manera, a la gente que lo hizo posible y al público, que no hizo un solo ruido ni prendió un celular durante la función.
La alucineta es estar viajando, literal, en una sonda por el espacio y algún lugar más.
¡Simplemente gracias!
Los encuentran en Instagram @proyecto.cosmofonias
PD1: ¡A la salida regalan birra! Hay una especie de after del que no participé, pero pintaba lindo. Crítica constructiva: el volumen estaba un poco bajo a mi entender.
PD2: A la ida estaba tan colocado que quise ayudar a un ciego y el mismo me dijo que estábamos yendo para el lado contrario al que me había indicado.